La religiosidad es un signo marcante en América Latina y especialmente en los pueblos que sufrieron el mestizaje indígena, europeo y africano. Lo ecléctico es característica de nuestras creencias y representaciones. Brasil es una muestra enorme de ello. En agosto de este año participé de una visita organizada por el Fotoclube F/508 a Cocalzinho y Ciudad Ecléctica, ciudades brasileñas que forman parte del guión místico-turístico que se conoce como “El camino de Don Bosco”.
Al caminar entre las calles duras, polvorientas y calurosas de estos poblados, recordé algunas versos de Joan Manuel Serrat. Recordé las calles de polvo y piedra de su pueblo blanco, por donde nunca pasó la guerra y sólo el olvido camina lento.
Casas de cal y tabernas que recogen el sudor de los trabajadores, mientras las señoras -comadres o no- murmuran sus historias en el umbral de las puertas.
Yo preferí, sin embargo, fotografiar espacios sin personas. Cocalzinho y Ciudad Ecléctica tienen gente, alegre y simple. Gente de pueblo blanco. Pero sus espacios baldíos hablan mejor de la dimensión humana de esos pueblos. Los espacios baldíos y aquellos habitados por los que ya no viven, ni muerden el polvo, ni tendrán oportunidad de ver la guerra.
Cocalzinho es un municipio brasileño, perteneciente al Estado de Goiás, ubicado al centro-oeste de Brasil. Ciudad Ecléctica es un templo abierto a todas las religiones, un submundo, una ciudad subterránea, no porque se ubique bajo la tierra, sino porque aún estando sobre ella, apenas la conocen aquellos que comparten sus creencias. Está ubicada en Santo Antônio do Descoberto, Goiás.





