En Brasilia todo es organizado, nada queda ni se realiza por voluntad del azar. La burocracia lo registra todo, lo clasifica todo, incluye todo dentro de planillas de registro que deben llenarse siempre con letra menuda y firme, preferiblemente de molde, para evitar demoras causadas por una lectura difícil, por un grafismo inentendible. Todos saben, además, que la burocracia sólo digiere la demora del café o de las firmas más altas.
En ese afán por organizarlo todo, Brasilia organizó también a los recolectores de basura. Existen asociaciones y cooperativas nacidas por impulso propio, es decir, por voluntad de los propios recolectores, pero que han recibido tambiém cierto apoyo del Gobierno del DF.
Sin embargo, no todos los recolectores se encuentran registrados dentro de este beneficio. Es el caso de Don Francisco de Ceará, a quien visitamos una tarde de fuerte sol.
Don Francisco vino de Ceará, estado del nordeste de Brasil compuesto por una sociedad rural, basada sobre todo en la producción pecuaria, que sin embargo se ha urbanizado en un 53 por ciento, lo que, tal vez, le haya permitido pasar de la vigésimo tercera posición en el índice de desarrollo humano de Brasil, a la decimo novena, del total de 27 estados que componen el país. Y de allá vino Don Francisco, sabiendo apenas leer y escribir.
Hoy Don Francisco recoge basura en Brasilia y añora profundamente sus tiempos de peón del ganado. Hoy, alto y fuerte, con la piel curtida y rajada por el sol, como la de la madera de las puertas que resguardan la intimidad del rancho donde habita, Don Francisco habita en Brasilia, la ciudad perfecta, que sin embargo lo observa con aires de desdén.



