
Muñeco de Papá Noel, colgado en la ventana de un edificio en Brasilia (24-12-2008)
Papá Noel (o Santa Claus, como se le llama en las culturas anglosajonas) se ha convertido en el referente visual y cultural más llamativo de las fiestas decembrinas americanas.
Siendo un personaje inspirado en un obispo cristiano de origen griego llamado Nicolás, que vivió en el siglo IV en Anatolia, en los valles de Licia (en la actual Turquía), la figura y referencia cultural de este personaje poco tiene que ver con los orígenes religiosos de América, y mucho menos de América del Sur. San Nicolás, el santo del cual esta figura toma origen, fue una de las referencias cristianas más veneradas de la Edad Media, de la que aún hoy se conservan algunas reliquias en la basílica de Bari (Italia).
Esto permite entender que en Europa se le rinda culto a la memoria y figura del simpático viejito repartidor de regalos, especialmente porque el verdadero Nicolás de Bari tuvo una relación estrecha con los niños de su comarca, que surgió -según cuenta la historia, o la leyenda- cuando un criminal acuchilló a varios niños de su aldea, entonces Nicolás de Bari rezó por ellos y obtuvo su curación casi inmediata.
No obstante, esta historia y la figura en que se ha convertido hoy San Nicolás, ese Santa Claus anglosajón, o el Papá Noel hispano, promotor incansable del mejor consumismo mercantilista, nada tiene que ver con el Nicolás de Bari santo. Dudo que este Papá Noel pueda rezar por la salvación de nadie, de ningún niño, ni mucho de la crisis económica mundial, que ha puesto en riesgo hasta su propia figura.
Hoy Papá Noel pendura en muchas ventanas y uno no sabe si es que decidió colgarse del cuello, ante la impotencia que le nace frente a su saco vacío de fantasias… y también de realidad.