En mi libro de crónicas Días Felices (Monte Avila Editores Latinoamericana, Caracas, 2005), hay un texto titulado El triste temple de los domingos en cuyo primer párrafo escribo: “He escuchado decir tanto sobre el triste temple de los domingos, que sospecho un acuerdo universal sobre el tema”.
Tal vez hoy, en esta tarde de domingo, haya logrado dudar de ese acuerdo. O tal vez haya percibido que un domingo, una tarde de domingo, sentado a la orilla de un puerto, para disfrutar de una cerveza mientras converso con la mujer que amo, es la mejor conjura para cualquier violenta tristeza.
Claro, los bueno rostros son importantes. La tranquilidad de la gente que pasa, la armonía del ambiente… y también una buena lingüiza picante encebollada, sin duda.